lunes, 9 de agosto de 2010

Abrasar



Colinas rodeaban la carretera.
El sol estéril salpicaba fuego. Tres de ellos permanecían incrédulos.
Un cuarto, escritor y ateo confeso, comenzó a rezar. Los dos restantes proferían insultos a cada cosa que tuviera nombre.
A esas alturas ya no importaba.
Evaporada el agua ya no habría pescadores, ni barcos, ni casas, mucho menos dudas...

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